
Desde su escritorio, Isa, sin querer, nos abre la puerta de su habitación, nos invita a acompañarla y sin siquiera darse cuenta, nos regala sensaciones. A veces nos habla bajito para no despertar su cansancio. A veces, se levanta buscando esa fe que la mantiene tan viva. A veces se queda a oscuras tan solo, para ver la luz de la esperanza. Y es cuando leemos sus cartas, el momento en que finalmente nos encuentra: